9 de septiembre de 2013

ARTE | "Obsesión infinita" de Yayoi Kusama en el MALBA | Un amor eterno



Por Cecilia Perna 

Nunca había visto tanta gente queriendo entrar a un museo, la cola daba literalmente la vuelta a la plaza del Malba y duró exactamente dos horas de espera. Todos ahí para ver la muestra de Yayoi Kusama, Obsesión Infinita, que empezó en junio y termina el 16 de septiembre. Un público que redundaba en niños y amigas solteras, papás progres y señoras grandes. Amuchados y alegres esperando entrar. 

Yo iba desconfiada, no sabía exactamente quién era Yayoi, la verdad, y había una promoción de Samsung que decía que si mostrabas tu smart phone, te hacían dos por uno. El rasgo consumista me asusta, me pone a la defensiva. 

De todas maneras, no sé por qué me resisto si al final no puedo evitar plegarme siempre a las felicidades de masa. Pero igual me preguntaba, ¿por qué la gente estaba ahí? ¿Qué fenómeno de marketing milagrosamente logrado los había arrastrado en manada hasta las puertas del Malba? Pensaba en dos causas –además de las promociones de Samsung- el color pop y la mística romántica de la artista loca. Yayoi  Kusama, corría de boca en boca, “la japonesa que pinta para no suicidarse”. 

Finalmente entramos: presentamos dos smart phone y, con un descuento de estudiantes, nos dieron 5 planchuelas de lunares de colores, stickers que rápidamente me puse por la ropa, -uno rojo chiquito entre los ojos, como bendición hindú- a la usanza de los consumidores. Decoré con una flor la manga de mi mamá y entramos, en el maremágnum de  gente, al universo Yayoi. 

Obsesión infinita es una muestra retrospectiva, comienza por sus cuadros en papel de los 50, abstracciones que ella pintaba en Japón, a dos aguas, entre su maestro más tradicionalista y los recortes de las revistas norteamericanas que le llegaban de la otra punta del mundo. Chatos, los cuadros de los 50 quieren volverse cuerpo, y entonces ella salta a Nueva York en 1957 donde permanece hasta el 73, cuando regresa a Japón. En ese período, los patrones repetitivos de circulitos y puntos de aquellas primeras abstracciones, se abren a la tercera dimensión y aprenden a ser instalación, escultura y videoarte… pero también intervención política en el mundo: podemos ver fotos y filmaciones de Yayoi desnuda, entre sus lunares, en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam: rodeada de policías, poniendo su cuerpo en el mundo, vestido tan sólo con esos stickers redondos como los que todos teníamos en la ropa, en la piel en las carteras y los zapatos… y entonces, por primera vez, entendí, con un entendimiento afectivo, lo que significaba el arte pop de los 60, entendí esa continuidad rara de la representación al impresionismo a las vanguardias a la abstracción al deseo irrefrenable de ser cuerpo, de saltar de la chatura del bastidor y corporizarse: fluir como cuerpo por las calles estrictas de las sociedades militarizadas: Yayoi bella y desnuda llena de puntitos que fluían por encima de mi ropa. 


La necesidad de hacerse cuerpo es la locura misma: en un documental, a los 80 años, ella explica que un día vio los círculos subirle por la mano y desde ese momento no pudo dejar de pintarlos… ese patrón estaba, en su visión, por todo el mundo, ¿cómo transmitir esa visión a los otros? La instalación era la respuesta, llenar el espacio de lunares que modifiquen la percepción: un cuarto cotidiano de luz negra y puntos fluorescentes, un espacio infinito espejado de agua y luz, un tránsito deslumbrado y divertido, subvertido y alegre. Acogedor: un mundo de falos mullidos y comestibles y cuerpos alunarados de chicas que dan ganas de acariciar. Un mundo feliz, pero feliz de verdad, sensualmente feliz desde lo más elemental: la locura que toma las calles militarizadas. 

En 1977, voluntariamente, Yayoi se recluyó en un neuropsiquiátrico, donde vive y crea hasta el día de hoy. En la planta baja del museo, vemos que vuelve a la lisura de los bastidores. Gigantes y estridentes de color, están de vuelta en sus dos dimensiones, como si los lunares se hubieran aquietado y regresado a casa; pero son descomunalmente vitales, comparados con aquellas primeras pinturas en papel. Tienen la vitalidad de lo corpóreo… y son libres: están en el marco de los bastidores porque así lo desean, y cada tanto saltan, cuando quieren, afuera, de pura picardía. Es una especie de sabiduría del crecimiento. 

La última instalación que visitamos es un cuarto donde la gente deja sus stickers pegados por todas partes: paredes, muebles, ropa, piel, cabellos, objetos…  alguien dijo: “dame un círculo verde, que lo voy a pegar pidiendo un deseo”… me encantó la idea: pedir un deseo interviniendo una obra donde el deseo es la fuerza que quiebra todas las barreras. 

A la noche, estaba en una pizzería con una amiga que había ido a ver la muestra antes que yo. Me hizo mirar a la calle y me dijo: “fijate, todo está lleno de puntos, la cosa más elemental”. Era la verdad más increíble: los semáforos, las luces de los autos, los mosaicos del hotel de enfrente, los reflejos del interior en la vidriera… un universo de círculos brillantes: el arte y la vida se habían juntado para siempre. Por fin un amor eterno.

Gracias Yayoi por hacernos entender en masa algo tan simple.


Hasta el 16 de septiembre en el Malba, Avenida Figuero Alcorta 3415, Buenos Aires. Entrada: $40, $20. Miércoles: $20. Jueves a lunes de 12 a 20, miércoles hasta las 21. 

6 de septiembre de 2013

TEATRO | "Nada del amor me produce envidia" dirigida por Alejandro Tantanian | Una obra única y original y Soledad Silveyra



Por Eugenia Guevara


Uno de los mejores textos dramáticos que se ha escrito en la Argentina en los últimos años es sin dudas Nada del amor me produce envidia de Santiago Loza. Estrenado con dirección de Diego Lerman y actuación de María Merlino en 2008, durante cinco años se repuso en distintas salas del circuito independiente. Pudimos verla en 2009 en el íntimo teatro de El Tadrón. Actualmente se presenta con dirección de Alejandro Tantanian en el histórico Teatro Maipo, un teatro grande, con capacidad para más de 700 personas, y quien lo interpreta es nada menos que una de nuestras más grandes estrellas, Soledad Silveyra, la querida "Solita". 

Contenida en el enorme escenario que queda a oscuras por una interesante construcción escenográfica azulada con profundidad, que recrea su taller de costura, y con la sola presencia de una silla y una puerta que en algunas ocasiones abrirá e incluso medio traspasará, la actriz se transforma en la costurera que creó un vestido que desearon Libertad Lamarque y Eva Perón al mismo tiempo. Una prenda suprema que la hace tocar el cielo con las manos y al mismo tiempo se convierte en su perdición. Con el apoyo de proyecciones que aportan información del contexto o transmiten algunas sensaciones y un tango cantado por Libertad Lamarque, cuya función no es musicalizar si no ser escuchado, cobrando cuerpo en escena, el maravilloso texto de Loza fluye nuevamente, muy alejado de la versión de Lerman y Merlino, que también era extraordinaria. El texto es además de placentero, flexible, abierto y cálido, familiar, y esta versión aporta una lectura que se encarna  a la perfección en el cuerpo y la voz de Solita (que a diferencia de Merlino no canta tangos, sólo los escucha) creando otro mundo muy distinto al que se originaba en la versión anterior, pero igualmente bello. 

Es emocionante ver a Soledad Silveyra en este papel. Es más emocionante verla después cuando todo termina y deja de ser la costurera del monólogo para ser Solita agradeciendo los aplausos que buena parte de la concurrencia le regala de pie. Nada más acertado para explicar lo que provoca o lo que es Solita que la frase que mi amiga y ruletera Cecilia Perna dijo apenas terminó la obra: "Solita tiene aura". Y es así, no sólo es talento y belleza, hay algo más que excede lo descifrable, es el "aura" que tiene la actriz lo que más conmueve y lo que al mismo tiempo contribuye a sumarle un nuevo cuerpo al entrañable personaje creado por Santiago Loza. 

"Nada del amor me produce envidia" de Santiago Loza. Dirección: Alejandro Tantanian. Con Soledad Silveyra. Vestuario: Graciela Galán. Escenografía: Graciela Galán. Iluminación: Omar Possemato. Musicalización: Alejandro Tantanian. Lunes 20.30 horas. Teatro Maipo, Esmeralda 443. Entradas desde $60. Hasta el 16/9. 

4 de septiembre de 2013

TEATRO | "Las Prodigio" de Juan Gabriel Miño | Dos chicas complejas



Por Gonzalo Marina

A veces nos llevamos una sorpresa cuando comparamos la obra de arte con su idea original. El germen de Las Prodigio, dos personas que acaban de mudarse y no llegan a pasar una noche juntas,  puede asombrarnos luego de haber visto el resultado en escena. Es que la compleja identidad de los personajes creados por Juan Gabriel Miño parece escapar del propio creador.

Julia y Paula están terminando de mudarse a un departamento. El lugar es un desorden de cajas, cositas y un sillón inflable. Ambas se conocen del profesorado; aunque en realidad ya se habían cruzado cuando eran niñas, en el concurso televisivo "Singerland o Tierra de Cantantes". Mientras acomodan el lugar, notamos que Paula es claustrofóbica, asmática, verborrágica y sobre todo, que esconde un gran rencor hacia su compañera. Con la excusa de una pérdida de gas, Paula llama a su padre, pero le dice que se haga pasar por su hermano Benjamín. Con un marcado estilo rockero, él llega con un piano. Julia queda desconcertada cuando los otros dos intentan recrear el concurso infantil y quieren competir. Comprendemos que Paula había sido derrotada por Julia, quien podía alcanzar el falsete como los prodigio (o tal vez era simplemente buena). De todas formas, a ninguna le es tan fácil despegarse del pasado.

La obra está marcada por diálogos rápidos, la acción frenética y el desconcierto. Por ejemplo, a Paula le gustaría conocer la capa de ozono, asegura que había visto a Julia en otras vidas y quiere saber cuándo se hizo señorita. Hay una preocupación por las definiciones del malambo (que imita el galope del caballo), lo "acustizado" y los sacrificios griegos. Y al igual que en una tragedia griega, la acción sucede en un lugar y en tiempo real, volviendo todo más vertiginoso.

Los personajes cargan con muchas ambigüedades (en el programa Paula era Lenny; Julia, Jules) que los actores llevan adelante increíblemente. Ana Carabajal y Flor Braier transmiten a la perfección a estos seres estructurados, complejos, delicados. Las escenas en las que cantan, a veces en portugués y otras en italiano, son imborrables. Marcelo Pozzi logra componer a un hermano-padre lleno de conflictos, como hacer de mujer en los bailes de folklore.

Hay muchos recursos escénicos valiosos. Sonidos tétricos por momentos, que representan el drama interno, música ochentosa acompañada de luces espectaculares, u objetos con una fuerte carga simbólica, como cassettes. La aparición de cada elemento, de cada giro en la trama sorprende al espectador. Las capas de sentido en Las Prodigio se acumulan con el pasar de la obra, y nos van llenando de una experiencia intensa.

"Las Prodigio" de Juan Gabriel Miño. Actúan: Flor Braier, Ana Carabajal, Marcelo Pozzi. Vestuario: Renata Barés. Iluminación: Francisco Hindryckx. Diseño de espacio: Marilú Carbó, Juan Gabriel Miño. Diseño sonoro: Franco Calluso. Música: Flor Braier, Franco Calluso.  Entrenamiento vocal: Julia Morgado. Asistencia de dirección: Lucía Asurey. Co-asistencia: Fernando Contigiani Garcia. Coreografía: Martín Piliponsky. Sábados, 20 horas. El excéntrico de la 18, Lerma 420. Entradas: $60, $40.


2 de septiembre de 2013

TEATRO | "El Premio" de Cardosi y Mir | Drama en una casa de pueblo

Por Florencia Fangi Boggia

Cuando uno realmente tiene una pasión, el trabajo no es trabajo y las ganas brotan desde dentro aun cuando uno cree que las ha perdido. Se renuevan como el ave fénix.

El premio es la historia de una familia cuyo padre ha trabajado durante largos años por y para el club de su pueblo, y esta noche es el tiempo de la cosecha. La fiesta en honor a Hugo y el reconocimiento que recibirá por sus esfuerzos desvelan hoy a sus parientes. Sin embargo, hay cosas que opacan la ceremonia: un malentendido, un amigo traidor, intereses que se van de las manos y la noticia de que el club de los amores de la familia Angelucci será vendido en breve.

Con una escenografía y una iluminación simple, los directores logran llevarnos a la complejidad de una casa de pueblo. Podemos transitar los ambientes, y sentirnos en la habitación, el patio y el comedor simultáneamente.

La casa, habitada por el padre (Martín Mir, también co-director de la obra) y sus tres hijas (Lucila Gómez Vaccaro, Marina Nicola y Aldana Pellicani) está especialmente revolucionada hoy. El día es especial, pero los problemas son cotidianos. O lo eran.

La situación está mal, pero siempre se puede estar peor.

La obra cambia inesperadamente todo el tiempo, sorprende. Sin tapujos, con puestas de dirección jugadas, los personajes están excelentemente logrados. Nada se escapa en la interpretación y así, nos sumergimos en un mundo donde podemos pasar de la carcajada al llanto y viceversa (aunque con un poco de culpa, quizás) en cuestión de minutos.

Con texto original de Desvelados x Antonio, El premio invita a pensar desde el humor, cuáles son las cosas verdaderamente importantes de la vida.

"El Premio" de Facundo Cardosi y Martín Mir. Actúan: Lucila Gomez Vaccaro, Martín Mir, Marina Nicola, Aldana Pellicani. Vestuario: Maria Veronica Duran. Escenografía: Desvelados X Antonio. Iluminación: Brenda Bianco. Asesoramiento escenográfico: Valeria Abuim. Asistencia técnica: Ariel Gerez.  Funciones: sábados, 20.30 horas. Machado Teatro, Antonio Machado 617. Entrada: $50.

30 de agosto de 2013

MÚSICA | "Odio a mi familia (Mezcladito argento) | Emocionante delirio en escena




Por Gonzalo Sentana

Esperando para entrar a la sala Batato Barea del Ricardo Rojas, noto en la fila un cochecito de supermercado de juguete, perteneciente a una nena del público que también esperaba. Quizás fuera una imagen premonitoria de lo que veríamos adentro: juego, delirio y humor.

La propuesta de Odio a mi familia (mezcladito argento) se declara intencionalmente ecléctica y consiste en convocar a músicos y escritores contemporáneos argentinos y ensamblar sus producciones (todos estrenos encargados especialmente para la orquesta de la UBA) en una sola puesta. Es mucho más que una simple yuxtaposición de cosas interesantes.

Gerzsenzon y Odoriz, los directores, generan toda una vida. Por supuesto, la impronta de lo variado limita algunas profundizaciones, pero eso no inhibe que la obra tenga momentos líricos, dramáticos, cómicos, delirantes y tiernos.

La música, que es el pretexto para que esta gente tan simpática juegue de manera tan linda en escena, no es música convencionalmente contemporánea, rupturista y de sonoridades ásperas y rugosas, sino más bien se desliza suavemente entre referencias a sonidos populares y académicos, con orquestaciones brillantes, y rítmicas reconocibles (por ejemplo en la primera escena La viuda desgraciada de Soruco, donde se escucha un relato con aire norteño). Un detalle vistoso: la rueda de una bicicleta siendo ejecutada como recurso tímbrico para generar dramatismo.

Todas las escenas son musicalizadas con la voces de los cantantes, y con el conjunto instrumental. Una de las cosas más interesantes es la riqueza en la búsqueda rítmica de la coralidad, así como la fragmentación de los textos, sobre todo en las dos primeras piezas, la citada de Soruco, y las canciones magníficamente interpretadas por los tres vocalistas masculinos de Gioconda de Martín Liut, sobre textos de Galindo, Katchadjian y Pintabona, en las que puede, incluso, suceder que un cantante comience una palabra para que los demás la concluyan.

Punto aparte merecen la tercera escena Aria Zsuzsa de Mainetti sobre textos de Cozarinsky y la cuarta escena Música Vana, de Torres; en la tercera, la enrulada voz de la soprano Julieta Schena llena el aire con un aria que me arrancó una emoción cuando ya sentía que nada podía sorprenderme de lo que estaba viendo. La siguiente fue una declaración de guerra contra la sensación de que la tercera había sido el punto culminante del espectáculo, con Luz Matas y Lucas Werenkraut emocionando hasta a los ladrillos de la sala. Destacable la participación de la flautista Paula Gasparini como actriz por su compromiso interpretativo.  

En la última escena vemos un resumen perfecto del espectáculo que podría concretarse en una sola palabra: energía. Luz Matas comienza relatando, en una suerte de día joyceano, cada cosa que ve en la ciudad que la rodea. El resto de los cantantes, en un despliegue de movimiento inaudito para intérpretes vocales en plena ejecución, la acompañaron, con el mismo recurso de completar las palabras, y dirigiendo por momentos la atención del espectador a objetos nimios sobre el escenario con una mirada. Todo esto con música con claras reminiscencias de comedia musical.

Más allá del eclecticismo musical (y quizás también un poco gracias a ello), esta obra hace alusiones no muy veladas al absurdo beckettiano, pleno de humor, frescura y desparpajo, sin solemnidad, ni siquiera en los momentos más tiernos dramáticos, e incluso en el argumento podemos encontrar una relación entre Godot, que no llega, y el barco, como movimiento perpetuo. Detallismo, pulcritud, limpieza y despliegue de energía hacen que de esta obra emane algo que debería verse en cada espectáculo en cartelera: SEDUCCIÓN.

"Odio a mi familia (Mezcladito argento)". Daniel Soruco + Martín Liut + Pablo Mainetti + Víctor Torres + Guillo Espel + Matías Couriel + Marcelo Galindo + Pablo Katchadjian + Santiago Pintabona + Edgardo Cozarinsky + Santiago Espel. Dirección: Andrés Gerszenzon. Dirección Escénica: Bea Odoriz. Solistas: Julieta Schena, Luz Matas, Lucas Werenkraut, Ignacio Agudo, Maximiliano Medero.  Instrumentistas: Paula Gasparini: actriz y flauta, Mailén Sempolis en Clarinete, Agustín Uzal en fagot, Sebastián López en trompeta, Jorge Silveyra en trombón, Gregorio Wilkinson en violín I, Agostina Sempolis en violín II, Marina Torres en Viola, Joel Schafer en violoncello, Pablo Bruni en contrabajo, Matías Couriel en guitarra e Ignacio Svachka en percusión. Diseño de Iluminación: Fabricio Ballarati. Instalación: Inés Fontenla. Producción y sobretitulado: Cecilia Monzo. Última función: 1º de septiembre de 2013, 18 horas. Centro Cultural Ricardo Rojas, Av. Corrientes 2038. Entrada: $20.