29 de octubre de 2014

CINE | "Polvo de estrellas" de David Cronenberg (I) | La parada de los monstruos


Por Leonardo Maladonado

Los críticos de La Nación online calificaron de la siguiente manera los estrenos de cine del jueves 23 de octubre: Barroco (Estanislao Buisel), buena; El amor en los tiempos de selfies (Emilio Tamer): buena (en el trailer se nota claramente que se trata de un film pobrísimo tanto a nivel de la trama como de la puesta en escena); El último amor (Sandra Nettelbeck): buena; de Annabelle (John R. Leonetti) no consta la calificación y Polvo de estrellas (David Cronenberg): buena. Pareciera que todo fuera lo mismo para estos reseñistas; un claro ninguneo al cine de autor (lo mismo sucedió un par de semanas atrás con Magia a luz de la luna, del gran Woody Allen). Pregunta: el cine de Cronenberg: ¿es igual de bueno que el del resto de los realizadores que estrenaron sus films esta semana? Acaso los mundos que propone, ¿son igual de creativos, de sensibles, de perturbadores y personalísimos como los representados por los otros directores? Clarín y Página/12 le reconocen otro estatuto: para el primero su último film es muy bueno (¡por fin Clarín no miente!) y el segundo lo aprueba con un ocho. 

Si en Mullholand Drive (David Lynch, 2001) una joven actriz, ingenua, bella y rubia, llegaba a la denominada Meca del Cine con el sueño de convertirse en una celebridad y de a poco ingresaba en una pesadilla, en Polvo de estrellas Cronenberg nos ahorra la secuencia del sueño americano. La misteriosa, joven y rubia Ágatha (Mia Wasikowska), que esconde tanto como puede las quemaduras de su piel producidas en un lejano incendio, no está interesada ni en el glamour ni en el ingreso en el mundo de las películas. Lo que busca es reencontrarse con su hermano menor, Benji (Evan Bird), de trece años, un galancito caprichoso que ha triunfado gracias al desmedido trabajo de sus padres por introducirlo en el mundo del showbussiness. Ágatha, que parece psíquicamente perturbada, lo necesita para explicarle algunos eventos ocurridos en el pasado y concretar una ceremonia que se deben. Por azar, consigue emplearse como asistente personal de Havana (Julianne Moore), una actriz emocionalmente inestable que trata de hacer lo imposible por obtener el papel de su vida: ser la protagonista de la remake de una película en B&N protagonizada por su madre, famosa actriz en su tiempo. 

Polvo de estrellas (en el original Maps to the stars) es un film que representa a Hollywood como un mundo oscuro y asfixiante producto del capitalismo salvaje del siglo veinte y del que es difícil desentenderse si se ha formado parte de él. Es un mundo frívolo y narcisista que genera tanta adicción y destrucción como la cocaína. Cronenberg lo retrata como una familia disfuncional constituida por monstruos, muchos de los cuales no tienen ni necesitan maquillaje. Es sobre todo un film sobre el cuerpo, o sobre los efectos que produce este mundo en el cuerpo, o mejor aún, con los intentos de estos cuerpos abatidos por encontrar cierta calma, trascendencia, epifanía o felicidad. Como en Crash (1996), hay cuerpos reparados, rotos, quemados (el de Ágatha es el ejemplo más evidente, pero su cuerpo no está menos lacerado que el de Havana); como en eXistenZ (1999), hay cuerpos que son modificados artificialmente (el efecto visual en el rostro de Jerome, el chofer de la limusina, interpretado por Robert Pattinson); como en La mosca (1986), hay cuerpos que parecen haber sido extrañamente concebidos (Benji) y como en Pacto de amor (1988), los cuerpos de los hermanos se necesitan y se reclaman. 

Cronenberg no deja de retratar cuerpos que sufren: el desamparo (Ágatha), el miedo (el padre de los jóvenes, un oscuro John Cusack), la culpa (la madre de los chicos), el envejecimiento (Havana), el dolor (Azita, la actriz que pierde a su hijo), el fracaso (el chofer de la limusina). Pero son a su vez cuerpos que luchan como pueden: la desintoxicación (Benji), el retraso del paso del tiempo y la superación de un trauma (Havana), el amor y la comprensión (Ágatha), el éxito (Jerome), el olvido de un hijo (los padres de Benji y Ágatha), el coito (Jerome). Mientras Benji es un adulto en el cuerpo de un niño, Havana es una niña en el cuerpo de una menopaúsica. Como en El resplandor (Kubrick, 1980) hay niños fantasmagóricos que aparecen para augurar malos presagios y despertar pesadillas en sus videntes. Y al igual que su colega norteamericano, que hace orinar a Nicole Kidman en Eyes Wide Shut (1999), Cronenberg también deserotiza a la diva y la sienta a Moore (que ganó el premio a la mejor actriz en Cannes) en el wáter: Hollywood ultra exposed. 

La primera gran escena perturbadora del film es una especie de lucha cuerpo a cuerpo con desventaja absoluta para la mujer: Stafford Weiss, el padre de Benji, quiropráctico y asesor espiritual de moda de las celebrities, experimenta en Havana una extraña terapia que incluye al mismo tiempo sesión de masajes y control mental. Metáfora de un sexo duro y salvaje que no hace más que lastimar y lograr un efecto de insatisfacción, como ocurre en el pasaje del menage á trois y en el de la limusina. A medida que el film avanza, diversos elementos fantásticos (las apariciones de los muertos) transforman el drama en una extraña ciencia ficción. Pero este sesgo fantasmagórico tiene un corte brutal cuando Stafford estalla -no hay mejor palabra que esa para describir lo que le pasa- contra su hija. Cronenberg logra un realismo bestial que muta nuevamente el género del film: el horror desplaza el drama atravesado por la fantasía. No hay cuerpo que soporte la irrupción de lo siniestro.

Polvo de estrellas, Maps to the Stars, Canadá-Estados Unidos-Francia-Alemania/2014, 111'. 

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