4 de mayo de 2012

TEATRO | “Puig 70. Lo que calma el ansia de los muertos” de Laura Córdoba | Lo que pasa con lo que no se ve

Por G. C. R.



Lo que pasa con el alma es que no se ve
Lo que pasa con la mente es que no se ve
Lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?

Alejandra Pizarnik


Puig 70. Lo que calma el ansia de los muertos es una obra intertextual con The Buenos Aires Affair de Manuel Puig (1973). No se trata de una adaptación ni pretende ser una traspolación de la narrativa al lenguaje escénico. Se trata de una apuesta particular que evoca el universo literario de Puig por otros medios. Si allí podemos encontrar, básicamente, tres microhistorias, de las cuales, al menos una, nos permite reconocer directamente a los personaje de la novela, Gladys D’Onofrio –una artista plástica - y Leopoldo Druscovich -el hombre que la seduce y somete-, hay otras cuestiones de peso en las que reconocemos la esencia de The Buenos Aires Affair: algo que inquieta, algo que incomoda, algo que parece ponernos en alerta de que lo peor es aquello que potencialmente está por venir.

En efecto, los tres paneles que componen Puig 70 son microhistorias de violencia, de tormento, de pasión y muerte. La primera de ellas es la que mencionábamos, la historia de Gladys, que ha sido secuestrada por su amante, Leopoldo, y atada a la cama de un hotel para evitar que asista a su propia muestra de arte. La segunda es la historia de un joven militante enamorado de un estanciero a quien, a pesar de ser correspondido, lo asesina, se suicida y no entiende por qué puede continuar hablando en una dimensión distinta a la de los vivos. El tercer panel alude claramente a la tragedia de Medea: la mujer celosa que cobra venganza liquidando a su propia descendencia.

Más allá de los núcleos temáticos que cohesionan los tres paneles, hay una decisión sostenida a lo largo de la obra que le impone al espectador la tensa inquietud de no ver a los actores dialogando. En la escena de Gladys y Leo, un collar de perlas estalla como la voz del monólogo femenino que oiremos proyectarse desde atrás. Esa voz nos dice de sus miedos, del peligro del deseo y del amor. La segunda microhistoria extrema el recurso: toda ella divide el espacio teatral ya que ocurre detrás de un bastidor situado a espaldas del espectador. No son solo voces las que se emiten desde ese lugar, algo ocurre verdaderamente allí donde nos vemos tentados de girar y mirar. De tal modo, la sala se divide, por un lado, en una zona iluminada frente al público, donde nada ocurre y, por otro, en una zona oscura y obscena justificada por la presencia de la muerte. En el tercer cuadro, sabemos del filicidio a través de una nota periodística proyectada con una linterna sobre una sábana. Otra vez, el juego con el espacio dice más que las palabras, pero en esta ocasión, a través de la verticalidad: encumbrada en lo alto, “Medea celosa” observa al varón que la engañó.              

Contextualizada en los fervorosos años ’70, la obra luce un vestuario que se acopla a un permanente juego de contrastes. Si los hombres visten trajes neutros, oscuros; las mujeres aparecen engalanadas con vestidos de la época y pantalones Oxford que combinan con las vinchas que adornan las revueltas cabelleras. Otros objetos se sitúan en el mismo contexto, entre ellos, unos zapatos de plataforma que quedan abandonados en el escenario y un tocadiscos que emite el famoso “Pata pata”.  Pero, ¿qué es lo que calma el ansia de los muertos en esta obra? ¿Qué brebaje les sirve de sosiego? ¿Qué remedio para tanto mal? Si Puig nos enseñó que las radionovelas, los folletines, el melodrama y el cine podían funcionar como enmiendas contra una vida fría, seca y aburrida; en Puig 70, hay un parche clave: por momentos, la música distiende y alegra al tiempo que colisiona como el juego de luces y sombras que se proyecta en todo lo demás y que, al final, nos ayuda a respirar devolviéndonos un poco de vida. En Puig 70, lo que no se ve, lo que ingresa por otros sentidos, por el oído, fundamentalmente, parece recordarnos que, más allá de lo que podemos ver, existe toda una conspiración de invisibilidades, entre ellas, la de las palabras.       


"Puig 70. Lo que calma el ansia de los muertos" de Laura Córdoba. Actúan: Marina Bazzolo, Damian Frusciante, Ricardo Lago Oliveira, Guido Silvestein, Lorena Szekely. Vestuario: Mercedes Piñero. Escenografía: Mercedes Piñero. Diseño de luces: Miguel Solowej. Música: Eduardo Bertaina. Asistencia de dirección: Lucila Arietti. Producción: Lucila Arietti y compañía “La inspiración de los niños”. Coreografía: Vivian Luz.  Domingos, 20.30 hs. La Carbonera, Balcarce 998. Entrada: $ 50.

1 comentario:

laura córdoba dijo...

Es un gran elogio para mí tu reseña: capta con gran sutileza, sensibilidad y profundidad lo que alguna vez imaginé. Muchas gracias L.C.